LAS CASAS DE NERUDA 1


El domingo, yendo a la Feria del Libro que está sucediendo por estas semanas en Quito, le contaba a J. sobre Chile y las casas de Neruda. Cómo terminamos hablando de eso, no lo recuerdo. Pero sí me acuerdo como los recuerdos de esas tres casas (hoy museo) me llenaron de emoción y me hacían, aunque no podía verme, brillar los ojos. Es que las casas de Pablo Neruda son especiales, fuera de lo común. No entran en la clásica categoría de museos y, capaz para la mayoría de las personas, tampoco en la de casa.

Pablo Neruda

El famoso diplomático y escritor chileno solía decir de sí mismo «navegante de boca soy”, ya que prefería mirar el mar desde tierra firme en vez de navegar sus aguas. Seguramente por ese motivo, sus tres casas son tan especiales y se asemejan a una embarcación.

A la primera, Isla Negra, llegó en 1937 buscando el lugar ideal para escribir «Canto General», y se encontró con una pequeña casa de piedra, propiedad de un capitán español, en medio de un paraje virgen. No sólo fue su primera casa, sino que fue su nave de tierra, mitad barco, mitad tren, su casa favorita, donde pasó la mayor parte de su tiempo en Chile con su tercera y última esposa, Matilde Urrutia. El nombre se lo puso por las rocas oscuras que contemplaba todos los días, con su vista privilegiada hacia el mar.

Muchos años después, en 1953, Pablo Neruda compró un terreno a los pies del Cerro San Cristóbal para construir una casa donde poder ocultar su romance con Matilde. La casa fue bautizada La Chascona en honor a ella, su amante de ese entonces, por sus cabellos rojos siempre despeinados.

Isla Negra

Algún tiempo después, cansado del bullicio de la capital, le mandó una carta a su amiga y poeta Sara Vial, expresándole su necesidad de encontrar la casa perfecta en Valparaíso, que describió, entre otras cosas, como “Original, pero no incómoda. Muy alada, pero firme.” Finalmente, en 1959, le compró la casa a Sebastián Collado, un español que la había empezado a construir para irse a vivir después de que sus hijos se casaran. Finalmente, Sebastián murió, y Neruda compró la propiedad, a la que le puso La Sebastiana en honor a su primer dueño. Desde este lugar, hay una vista deslumbrante hacia el mar, el puerto y los cerros, y desde donde cada 31 de diciembre, el escritor chileno disfrutaba los fuegos artificiales que año a año estallan en toda la costa de la ciudad para dar la bienvenida al nuevo año.

Todas y cada una de sus casas son un mundo particular, excéntrico, plagado de detalles y objetos únicos, donde la personalidad, los sueños, los amores, las pasiones y los deseos del escritor se plasman en cada rincón. Su pasión por el mar lo llevó a diseñar todas sus casas como un barco, y su afán por recolectar cosas, algo por lo que él mismo se auto-consideraba  «cosista», lo hizo aprovechar sus viajes por Asia, África y Europa para recolectar objetos, recuerdos y obras de arte que sólo él podía usar y darle tanto significado, y con los que creó su propio mundo. Sus casas son colecciones de obras de artistas como Diego Rivera, de barcos en miniatura encerrados en botellas de vidrios, de jarros y vasos de diferentes colores, de mascarones de proa, de tablas de madera encontradas en la playa y reutilizadas como escritorio, de caracoles, de monedas de diferentes países, de caballos de madera en tamaño real, de bares para recibir a sus amigos, de pasadizos secretos, de mobiliario ecléctico, de objetos que difícilmente otra persona usaría.

Los pisos de madera crujen, los pasillos y puertas son angostos, los techos bajos a veces obligan a no estirarse demasiado, el mar se siente en cada rincón, y los faroles, mapas de navegación y timones de barco hacen sentir que estamos en un lugar único, como dentro de un sueño.  Seguramente por eso Neruda se sentía tan inspirado es sus casas para escribir: probablemente, con tanta magia y tranquilidad en cada rincón, soñaba despierto.

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Cuando tenía 18 años me fui de mochilera con dos amigas al sur de Argentina, y estuvimos quince días haciendo dedo, acampando, contando estrellas fugaces, cocinando con leña, conociendo gente, conversando sobre la vida, descubriendo lagos y carreteras, caminando sin rumbo y disfrutando la libertad de viajar sin planes. Cuando volví a mi casa, supe que no había vuelta atrás.

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