LA MAGIA DE UNA ISLA – ISLA DEL PLATA 1


Así como en Argentina la ballena franca austral llega a Puerto Madryn cada año, la ballena jorobada llega a la costa ecuatoriana también, entre junio y septiembre, para dar a luz y aparearse. Y así como en Puerto Madryn hay que subirse a una embarcación para poder verlas de cerca, lo mismo sucede en Ecuador.

Las vi primero la tarde que llegué a Puerto López, cuando en el camino paré en el mirador El Rocío y las vi desde allí, a lo lejos. Y después las vi de cerca el día que fui a la Isla del Plata: la cola de una, el cuerpo entero de otra cuando saltó, un ballenato saliendo a la superficie junto con su madre, otra asomarse una y otra vez.

Las 1200 hectáreas de la Isla de la Plata forma parte de las 56 184 hectáreas totales (que incluyen marítimas y continentales) del Parque Nacional Machalilla, y posee cinco senderos para recorrer: Acantilados, Fragata, Patas Rojas, Nasca y Punta Machete. Este último está cerrado en esta época, ya que es el sector de anidación del albatros de Galápagos, una especie en peligro de extinción.

ISLA DEL PLATA

Aunque la entrada al parque (y por ende, a la isla) es gratuita, es obligatorio ir con guía. El guía del grupo con el que estaba (una familia de catorce integrantes entre matrimonios, suegros e hijos) nos llevó por el sendero clásico: Acantilados. Antes de bajar de la lancha vimos tortugas, y una vez en el sendero, pudimos ver tanto que incluso el mismo guía quedó sorprendido. No sólo vimos los piqueros de patas azules -el ave estrella de la isla en esta temporada- sino que además vimos pájaros tropicales (característicos por su pico rojo), un piquero de patas rojas y dos lobos marinos. Además, después  de la caminata, hicimos snorkel, donde vimos peces tan coloridos como sólo las aguas azules saben alojar.

En la isla aprendí que los piqueros tienen plumas impermeables que les permiten sumergirse a buscar comida, y que su nombre se debe a cómo se tiran al agua: en picada; aprendí que las fragatas son las «piratas del aire» porque le roban la comida a los piqueros ya que ellas no pueden mojarse; aprendí que las ballenas, luego de dar a luz y/o preñarse en esta zona, viajan hacia la Antártida para alimentarse; aprendí que las fragatas inflan una bolsa roja en su pecho durante el período de cortejo; aprendí que las tortugas sólo dejan el océano para anidar en las costas; aprendí a diferenciar los piqueros hembras de los machos por el tamaño de sus pupilas y sus cuerpos, y por el graznido.

ISLA DEL PLATA

También aprendí que el nombre de la isla tiene dos teorías: una, que el guano (excremento seco) de las aves se ve plateado en las noches de luna y dos, por las leyendas piratas sobre tesoros hundidos en los alrededores; aprendí que Víctor Emilio Estrada, ex presidente del Ecuador, compró la isla por cinco sucres (la moneda del Ecuador antes de la dolarización) y la llenó de chivos y ganado en su intento de hacerla hacienda ganadera; aprendí que la isla es un desprendimiento del continente (aunque después que vi una piedra con una concha fosilizada, me contaron que los biólogos sostienen una teoría diferente); aprendí que la isla fue un santuario ceremonial para las culturas precolombinas.

Dos días después de esa visita a la isla, tuve la suerte de volver, esta vez para quedarme. Un guardaparque que conocí en Los Frailes unos días antes, me dijo que el viernes comenzaba su turno y que, si quería, me dejaba la invitación hecha para que vaya. Una oportunidad única, teniendo en cuenta que no está permitido que en la isla se queden turistas. Aunque le dije que le avisaba, no había mucho para pensar: ¿en qué otra oportunidad iba a poder quedarme en una isla donde ningún turista puede quedarse a dormir, donde hasta para hacer investigaciones es necesario el papeleo, donde los únicos que se quedan son los guardaparques que hacen turnos de siete días?

ISLA DEL PLATA

Mientras estaba en la isla terminé de leer «El viejo y el mar», de Ernest Hemingway y gran parte me hizo acordar a todo ese día. Los pescadores que cada noche prueban suerte en el mar, el arroz con pescado que la gente comía al lado del muelle en plena mañana, las tortugas verdes que asomaban cerca de las embarcaciones cuando les tiraban comida, el agua mala como un latigazo de ardor y pinchazo en la muñeca derecha cuando hacía snorkeling, el “negro-azul y el oro de sus costados» de los peces que vi bajo el agua.

La primera tarde que pasé en la isla volví a Puerto López temblando, con el estómago revuelto y con las uñas violetas: el viento, el vaivén de la lancha y el agua helada del mar no me jugaron una buena pasada. Y los días y noches en los que la isla fue mi casa, sólo teníamos luz unas horas en la noche cuando los guardaparques prendían el generador a combustible, la ducha era un balde con agua de mar desalinizada y la comida fue desayuno, almuerzo y cena arroz. Pero ver ballenas saltando a sólo unos metros, seguir a los delfines sentada en el balcón de la casa, salir a caminar en busca de albatros o patas rojas, ver tortugas asomando a la superficie, nadar con peces de colores, oler el mar desde cualquier parte y dormir cada noche con las olas como único sonido, hace que todo valga la pena. Siempre vale la pena.

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Cuando tenía 18 años me fui de mochilera con dos amigas al sur de Argentina, y estuvimos quince días haciendo dedo, acampando, contando estrellas fugaces, cocinando con leña, conociendo gente, conversando sobre la vida, descubriendo lagos y carreteras, caminando sin rumbo y disfrutando la libertad de viajar sin planes. Cuando volví a mi casa, supe que no había vuelta atrás.

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